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Friday, 12 November 2010

fabricador de sueños....

La vida y la filmografía de Federico Fellini (Rimini, 1920 — Roma, 1993) convergen en un mismo caudal, exhuberante e infinito, si de esta manera se puede definir su creatividad y personalidad. A sabiendas que todo el calificativo que se le endosa siempre resulta minúsculo, lo menos aventurado que se puede decir de este cineasta italiano, es que representa a uno de los puntos cardinales para comprender al arte cinematográfico de los últimos cincuenta años.

Fellini fue un hombre de sueños, que bajo la lente de sus fantasías disertaba sobre sí mismo y su realidad. A esa manera de concebir la vida y de manifestar su imaginación, contribuyó su capacidad de observador y narrador, cualidades afinadas por su formación primero como dibujante, luego como guionista y finalmente como director de cine.

Su aprendizaje como caricaturista y dibujante —iniciada en los años 30 como colaborador de las historietas de Flash Gordon y del pasquín “Marco Aurelio”—, le permitió comenzar a identificarse con los componentes que a la postre se convertirían en su lenguaje fílmico: la imagen articulada, por planos y encuadres, unidos en secuencias dramáticas muy similares a la magia que ocurre en una sala de edición.

El fabuloso despliegue del genio narrativo que mostraría en sus grandes películas como “Ocho y medio” (1963), “Julieta de los Espíritus” (1965),“Fellini Satyricon” (1969), Amarcord (1973) o “Y la nave va” (1983), se debe en parte a esa herencia y a la luz que emergía desde las profundidades de su sensibilidad. Con ella alumbra los contrastes de sus criaturas en situaciones alteradas, sorprendidas por la alegría amarga o el desengaño feliz.

Si el oficio de dibujante dotó a Fellini del dominio del espacio, el tiempo y la continuidad, la escritura le prodigó la riqueza de la palabra. Durante la segunda guerra mundial, incursionó como escritor de sketeches para espectáculos de variedades y para programas radiofónicos.

Desde 1941, sus intervenciones como guionista de cine fueron cada vez más frecuentes. En esos años, se relacionó con personas determinantes para su futuro: el actor Aldo Fabrizi, la actriz Giulia Masina —su esposa de toda la vida— y el cineasta Roberto Rosellini. Para éste último realizó el guión de “Roma, ciudad abierta” (1946), una de las películas más celebradas del neorrealismo italiano.

Amparado en esta corriente, Fellini continuó una activa carrera de guionista hasta su debut como realizador en 1951 con “Luces de variedad” , que codirigió a lado de Alberto Lattuada. Posteriormente, comenzó a desprenderse de la influencia neorrealista hacia una propuesta más personal y audaz. Con “Los vagos” (1953) y “La calle” (1954) ya tenía afilado su estilo elocuente y sardónico. En “La Dolce Vita” (1960), una de sus obras cumbres, contaba ya con la colaboración del músico Nino Rota, y por vez primera trabajó con el actor Marcello Mastroiani, quien se consagraría como su alter ego a partir de la ya mencionada “Ocho y medio”, ejemplo inequívoco del cine visto por los ojos de Fellini sobre las relaciones del hombre, la mujer y las fantasías que los trenzan, uno de sus temas más recurrentes.

Entre “Ocho y medio” y su última película, “La voce de la Luna” (1989), Fellini moldeó un universo poético a su imagen y semejanza pues, como el hombre-creador que fue, siempre descubrió el exterior iluminado por las señas arrojadas desde su interior.

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